Saint John Henry Newman decía que, si tuviera que elegir entre una universidad sin residencia ni vida comunitaria y otra que simplemente reuniese a un grupo de jóvenes durante años, “daría preferencia a aquella universidad que no hizo nada, si no es reunir a sus miembros”. En Incarnatus est, esta intuición se concreta en el don de la conversación viva: antes de la cena —y prolongándose durante la comida—, se recapitula de manera personal y comunitaria lo vivido y aprendido durante el día.
“Cuando una multitud de jóvenes entusiastas, sinceros, comprensivos y observadores se reúne y se relaciona libremente entre sí, de seguro aprenderán unos de otros… cada día adquieren nuevas ideas y puntos de vista, nuevos temas de reflexión y principios claros para juzgar y actuar”.

