Según el libro del Apocalipsis, la Jerusalén celestial tiene forma de cuadrado. Generalmente, el cuadrado simboliza el espacio y la estabilidad, mientras que el círculo simboliza el tiempo y el dinamismo.

Sin embargo, cuando dos cuadrados están encontrándose, antes de que se superpongan en la plenitud de una estrella de ocho puntos (bodas del cielo y la tierra, bienaventuranzas, día octavo de la resurrección…), el espacio acoge el tiempo, la punta del acontecimiento rasga la circularidad del perpetuo retorno, aquí están el drama y la esperanza.

Fíjate: de este encuentro, situado entre colisión y comunión, ya ha nacido un fruto, un hijo, un pequeño cuadrado, formado por sus partes superpuestas. Todavía está oculto. No se distinguen los contornos. Mas está allí. Ese es el misterio de la Encarnación: el cumplimiento trabajando en el corazón del devenir, el desenlace obrando adentro de la trama, el lugar de paz donde el hombre y Dios ya están perfectamente unidos, aunque en nosotros siguen peleando.