1. “Nos jugamos la vida.” La expresión es, cuando menos, paradójica. Afirma algo serio, algo grave, e incluso gravísimo; y, al mismo tiempo, habla de juego, es decir, de algo que se asemeja a la ligereza, o incluso al divertimento. ¿Cómo comprender esta ligereza grave o este juego serio?

Cuando nos jugamos la vida, ¿acaso seguimos jugando? ¿No sería más bien ese el momento en que ya no jugamos? Estábamos moviendo nuestro pequeño caballo sobre el tablero, y he aquí que un peligro urgente, por ejemplo, una alarma de incendios, nos obliga a dejar las fichas y a correr afuera. Fin de la partida.

Pero, si no hay ya juego alguno -digámoslo incluso, con todo el sentido de esta palabra- si no hay ya “recreación” alguna, ¿cómo podría aún haber vida? Si el peligro nos paraliza hasta el punto de destruir en nosotros el brotar gratuito de la vitalidad, ya estamos muertos. Para mantenernos vivos, hace falta que subsista el juego, incluso en medio del peligro. Esto es lo que nos enseña el springbok, ese antílope de la África austral: cuando es perseguido por un guepardo, da de vez en cuando un brinco vertical, como un muelle, a pesar de que ese mismo rebote no la lleva hacia delante, sino hacia arriba, reduce la distancia con su depredador y constituye un gasto de energía inútil.

2.Pero el springbok no es nuestro único maestro espiritual. Esta idea de “juego serio” como calificativo de la vida misma es en realidad muy antigua, y podríamos encontrarla en todos aquellos autores que, por muy opuestos que sean, no han tenido miedo de pensar con suficiente profundidad como para no despreciar la superficie de las cosas.

Esta idea aparece en el Parménides de Platón. El sabio anciano que da nombre al diálogo dice que la filosofía es un “juego serio” (137b). Había dejado entender previamente que, por muy alto que uno ascienda en el universo de las ideas no puede despreciar el barro, la mugre ni el más mínimo cabello (130c), y que, por lo tanto, las cosas aparentemente fútiles nunca lo son del todo.

La “vida jugada” se encuentra también, por supuesto, en la obra de Nietzsche. Es el pensador por excelencia de la ligereza grave. Su Zaratustra quiere “matar al espíritu de pesadez”. Él es el que sabe bailar “sobre las ciénagas y la angustia espesa”. Llega incluso hasta declarar: “El hombre verdadero quiere dos cosas: el peligro y el juego. Y por eso quiere a la mujer, el juguete más peligroso.”¹

El estilo a la vez gracioso y dramático de esta declaración remite a la fuente de la vida, la atracción del hombre por la mujer, interpretado como el juego más serio, y lo serio más alocado.

¿Se encuentra tal afirmación de un “juego serio” de la vida en la Biblia? Así lo creo, en un lugar que no podría ser más trágico e irónico al mismo tiempo. Se trata del sacrificio de Abraham. Dios le pide que ofrezca en holocausto al hijo de la promesa. No puede haber nada más alejado del juego. Y sin embargo Abraham dice a sus siervos: Yo y el chico iremos hasta allá para adorar, y luego volveremos con vosotros (Gn 22,5). Afirma que volverán juntos, como si él y el Eterno jugaran una partida de póker y cada uno echara un farol. Pero he aquí lo más sorprendente: el hijo entregado se llama Isaac, del verbo hebreo sakhak, que significa reír, alegrarse, divertirse. La risa es pues el personaje central del sacrificio.

3.Por fin, yo mismo aquí, podría decirse que me dedico a un “juego serio”. Algunos se esperaban tal vez un discurso más político, más “comprometido”, más polémico o sentimental frente al gran caos de Europa y ¿qué es lo que estoy haciendo? Me tomo mi tiempo, analizo la frase del título “Nos jugamos la vida”, la resitúo en la historia del pensamiento.

Esto no parece muy serio. ¿Cómo podemos permitirnos filosofar al borde de un volcán en erupción? ¿Es posible interpretar, sopesar la palabra “Nos jugamos la vida” mientras que estamos, efectivamente, jugándonos la vida? Imaginen lo siguiente: un general da su orden: “¡Cargad contra el enemigo!”, y he aquí que el soldado se interroga sobre el sentido de la palabra “enemigo”, y sobre lo que significa el verbo “cargar”. Eso se parece mucho

a una deserción. Y, al mismo tiempo, ¿acaso no es lo propio de la vida humana el pensar, el no actuar sin conciencia, el no quedarse en la ideología y los eslóganes? ¿No es acaso el alma de Europa el arriesgar la vida en el encuentro con el otro y en la búsqueda de la verdad? ¿Acaso no lo he sugerido evocando la Biblia, Nietzsche y Platón, es decir, invocando nuestras raíces griegas, nuestras alas judías sin descontar nuestra modernidad crítica?

En la primavera de mil-novecientos-ochenta, en una conferencia titulada “¿Dónde están los Bárbaros?”, el gran intelectual polaco Leszek Kolakowski lo observó con precisión: “La aptitud de cuestionarse a sí mismo, de abandonar -no sin una fuerte resistencia, por supuesto- su propia fatuidad, su farisaica autocomplacencia, está en las fuentes de Europa en cuanto fuerza espiritual”.²

4.Si la oración “nos jugamos la vida” es verdadera es porque se opone a dos errores contrarios: el de absorber lo serio en el juego, o la de absorber el juego en lo serio.

El primer caso es el de lo que yo llamaría ludismo. Todo debe convertirse en divertimento, incluso los mayores dramas. El holocausto se convierte en una serie de Netflix. La pandemia es un culebrón enrevesado. Estamos en la infotainment. Por retomar una expresión del crítico judío americano Neil Postman, esto va de amusing ourselves to death, “divertirnos hasta palmarla”. Se adivina aquí que la sonrisa es una mueca, que detrás de ese ludismo se esconde una desesperación que no cesa de huir ante sí misma, una miseria que se multiplica gracias al manto con el que pretendía taparla.

El segundo caso, absorber el juego en lo serio, ya tiene nombre: es el utilitarismo. El juego se admite en la medida en que un cierto relajamiento es necesario para volver al trabajo.

Porque todo tiene que ser útil, funcional, rentable. El padre es reemplazado por el experto. Si aún tiene una familia la gestiona como una empresa: no sabría llevar a caballito o hacer de lobo para deleitar a sus hijos, a menos que un psicólogo le asegure que tal juego es importante para el éxito social de su hijo; entonces se aplicará a ello como a un trabajo. Aquí se advierte que este activismo es un nihilismo, pues la vida, desde este punto de vista, no vale nada en sí misma. La misma alegría de vivir aparece como incomprehensible. Debe ser superada por el orgullo de la eficiencia, y de una eficiencia que no es eficacia, puesto que es para sí misma su propio fin.

5.Ludismo y utilitarismo son los dos polos entre los cuales nuestro siglo no cesa de oscilar. Estos dos errores son, a primera vista, contrarios. Ambos se mantienen denunciándose el uno al otro. Acaban por pactar juntos. Por un lado se dice: “Me da igual… Me dejo llevar, vivo el día a día…” Se dice del otro lado: “Yo gestiono… Yo calculo

mi existencia, yo planifico mi porvenir…” Pero ambos se asocian en el dispositivo tecnológico, que es la apoteosis conjunta del utilitarismo y del divertimento: un algoritmo muy sofisticado para garantizar por un poco más de tiempo nuestra huida ante la desesperación, un metaverso que multiplica y pretende olvidar el universo.

Es por esto por lo que ludismo y utilitarismo se entienden para deshacerse del recién nacido y del anciano. Tanto el que acaba de nacer como el que está muriendo no son ni operativos ni divertidos.

Si está esperando un hijo, ya no puede usted divertirse sin más: ese niño le inviste a usted de una responsabilidad. Y tampoco puede usted planificar, pues este niño es un acontecimiento y no un resultado; alguien, y no algo.

No se puede razonablemente elegir tener un hijo desde un punto de vista lúdico, a menos que se haga del niño una distracción, lo cual es a la vez difícil y cruel. No se puede tampoco razonablemente elegir meter en el mundo a un nuevo pequeño mortal desde un punto de vista utilitarista, a menos que se haga de él el engranaje de un sistema. Nadie puede sentarse y decirse, después de haber hecho sus cálculos: “Sí, seré un buen padre, aseguraré a este hijo la felicidad”. Aun suponiendo que se tenga un plan para asegurar a su hijo el bienestar, esto causaría a dicho hijo la mayor molestia: ya no sería una persona libre, sino un objetivo dentro del proyecto de otro, y ese otro no sería ya un padre, sino un experto en desarrollo.

En cuanto al anciano, al minusválido, al enfermo incurable, a todos lo que no pueden desempeñar un papel para el divertimento ni para la eficiencia, acaban por pedir que sean eliminados. Por compasión, por supuesto. Porque aquel que no se puede divertir ni ser rentable tiene el sentimiento, en este contexto, de haber perdido su dignidad. Y es así como el aborto y la eutanasia se convierten en suplementos del utilitarismo y del ludismo.

Llegados a este estadio de nuestra meditación vemos perfilarse como una primera tesis: ya no sabemos dar la vida, porque no sabemos jugarnos la vida. Tenemos tendencia a dar la muerte, porque ya no creemos que la vida es buena en sí misma, sino que solo tiene valor si nos podemos distraer de ella o rentabilizarla. En una palabra: tan pronto como se pierde el sentido del sacrificio, se corre hacia el suicidio.

6.Y he aquí, no el corazón de nuestro tema, pues ya no se sabe si Europa todavía tiene corazón, alma. Antiguamente, la comunidad animaba a sus miembros en el deber de vivir y de dar la vida. Hoy, les favorece en el derecho a morir y a darse la muerte. El actual gobierno francés se aplaude a sí mismo por haber inscrito el derecho a la “interrupción voluntaria del embarazo” en su constitución, y se hará una ovación a sí misma sin duda dentro de poco al inscribir también la “ayuda para morir”. Como si la constitución no tuviera ya como objetivo organizar la vida democrática, sino asegurar la dimisión demográfica. Como si la constitución fuese ante todo un medio de destitución y de desaparición.

Pues no se trata siquiera de morir, sino de “des-nacer”. Lo que llama la atención hoy en Europa no es en primer lugar la destrucción, sino el descenso de la natalidad: un descenso demográfico que desemboca en la imposibilidad misma de la destrucción. El mejor medio de evitar la guerra, dicen, es impedir que nazcan los futuros combatientes.

El mejor medio de evitar la devastación del medioambiente, dicen, es evitar que haya un medioambiente, pues hay medioambiente solo para los hombres para quienes es su ambiente, con el riesgo de devastación que esto implica. En una palabra, para ya no “jugarse la vida”, nos parece más cómodo no vivir, no dar su vida, no dar la vida, apagarse antes de que nos alcance la extinción, suicidarse para no tener que morir.

Ya no se trata tanto de destruir los seres como de agotar las fuentes. Ya no se trata tanto del derecho médico de matar como de la muerte del deseo. Todos nuestros planes de perfeccionamiento tecnocrático, de control de la sexualidad so pretexto de liberación de la sexualidad, son huidas hacia delante, que esconden esta muerte del deseo.

Tampoco es absolutamente malo que las instituciones europeas estén obsesionadas con la defensa del derecho a la autodestrucción voluntaria, ni que sus médicos se parezcan cada vez más a verdugos. Es bueno que el síntoma se declare. Es bueno que sus instituciones confiesen su desesperación. La evidencia del suicidio material permite hacer aparecer el suicidio espiritual que está en curso: el desánimo de Europa, su desmoralización o su falta de coraje.

7.Habría que retomar aquí el discurso que Aleksandr Solzhenitsyn pronunció en Harvard en mil-novecientos-setenta-y-ocho. Por entonces observaba que el “declive del coraje es el rasgo más destacable del Occidente de hoy”. Henos aquí y ahora en el corazón del tema, pues la palabra “coraje” deriva de la palabra “corazón”. ¿Qué es el coraje? Tomás de Aquino dice que es una virtud que “confirma el espíritu del hombre frente a los peligros mayores, que son los peligros de muerte”.³  El espíritu, en esta frase, es designado por otro nombre del alma, no anima, sino animus, no el alma en cuanto que anima el cuerpo, sino el alma en cuanto que lo expone al combate, de manera reflexionada. Tener un alma -una anima conjugada con un animus- es no estar desanimado, es estar listo para arriesgar la vida, no por fascinación de la muerte, sino por deseo de la misma vida.

Este es el sentido según el cual he tomado el título que se me ha dado para esta intervención: Nos jugamos la vida… Podría haberse comprendido diciendo que no es bueno jugarse la vida, que estamos en una época mala, que antes era mejor, y que, si nos encontramos hoy, es para soñar con una situación mejor, y tanto que ya no habría hecho falta arriesgar la vida. No obstante, me esfuerzo en mostrar que se trata de lo contrario.

Por un lado, creer que “antes era mejor” es no creer en la providencia que me ha puesto en este tiempo y en este lugar, para que dé testimonio de la verdad. Pues es aquí y ahora donde se juega mi vida y mi responsabilidad. Pretender que pudiera haber hecho el bien ayer, o que haré el bien mañana, en un mundo mejor, pero no hoy, en este mundo atormentado, es cambiar mi misión en dimisión.

Por otra parte, la condición de viviente es esencialmente un “bello riesgo que correr” (Platón, Fedón, 114d). La vida es siempre lo que se juega, lo que se expone, en una esencial gratuidad. Y querría acabar con este punto. Con la esencia de la vida. Y con la cuestión de la esperanza. Pues este es con frecuencia el problema de quienes se presentan como “defensores de la vida”. No se interrogan sobre en qué consiste verdaderamente la vida. Y sobre todo no se preguntan si la vida es defendible. ¿Y si la vida fuese indefendible? ¿Y si fuese ese carácter indefendible el que la sitúa más allá de nuestras especulaciones y de nuestras evaluaciones? De hecho, ¿a partir de qué lugar, que no sea la vida, podría yo defender la vida? ¿Acaso voy a defenderla desde la no-vida?

8.La vida tal y como nos ha tocado vivirla es una carrera a muerte, un don en pura pérdida, una danza y un duelo, un “juego serio”, y por eso me gusta aplicarle la frase de Orson Welles con respecto a la corrida: “es indefendible e irresistible”. Si fuese directamente la vida eterna, no tendríamos que defenderla. Pero, como es esta vida herida, agonizante, decaída, abocada al peligro y a lo perecedero, no sabríamos defenderla, pero tampoco sabríamos rechazarla, pues eso sería rechazarnos a nosotros mismos, y sería también no ver que, a través de esta prueba, por esta prueba misma, la vida es una misión y una ofrenda. Pienso en la famosa frase de Xavier Zubiri: “no es que la vida tenga una misión, sino que es misión…”⁴

Zubiri habla de la vida humana, pero esto se aplica incluso a la vida más elemental, a nivel zoológico. Si la vida tuviese como objetivo su mera conservación, ni siquiera debería haber comenzado. Una piedra sería desde el comienzo más adaptada. No solo es que dure más tiempo, sino que no ha de cansarse cada día para asegurarse la subsistencia.

Cierto, cuando el pájaro canta, esto le sirve para la reproducción, y para marcar su territorio, pero no canta para conservarse, se conserva para cantar, para que siga habiendo, durante un cierto tiempo, en la tierra, el don melódico del mirlo o del zorzal.

La vida es esencialmente exponerse: un juego serio. Se la juega ella misma, se la juega para conservarse, pero más aún se conserva para jugársela, en el coraje de cantar de nuevo, de arbolar de nuevo crestas y plumajes multicolores, de dibujar con la cruz de su cuerpo maravillosas trayectorias en el cielo, a pesar de la muerte segura, transfigurando la muerte en lugar de ofrenda y de gloria: lo que se llama “el canto del cisne”. Es de nuevo

Platón el que habla de este canto a través de la boca de Sócrates, para hacer de este el canto del filósofo: “los cisnes, cuando sienten que van a morir, hacen oír su canto más bello: están contentos, porque se van a encontrar con el dios al que sirven. Pero los hombres, por su miedo a la muerte, calumnian incluso a los cisnes. Pretenden que los cisnes lloran su muerte y que el dolor inspira ese último canto. […] Pero no es para nada el sufrir lo que les hace cantar, […] sino el entrever los bienes de lo invisible…” (Fedón 84e)

Así, la vida está animada por un quijotismo fundamental. Es a la vez Don Quijote y Sancho Panza. Como a Sancho, le gustan los placeres del comer, pero ese placer ya es más que la mera necesidad de subsistir: es apertura al mundo, comunión con el otro en la convivencia de la mesa. Como Quijote, busca la aventura, y la persigue a pesar de la errancia y la multitud de golpes. Es vida recibida para ser vida dada.

9. Incluso en el pajarillo, pues, hay algo así como una esperanza natural y espontánea. La naturaleza que le ha hecho nacer le condena de antemano, y aún así se esfuerza por seguir cantando, como si viese más allá.

Las ciencias astrofísicas nos dicen que, desde una mirada mundana, la vida no es más que un ínfimo paréntesis en la evolución del universo. Pero ¿por qué este ínfimo paréntesis es más rico y variado que lo que lo rodea? Y ¿por qué ese pajarillo, si todo ha de acabar en el frío y el polvo intersideral? Voilà, he aquí el misterio de esta vida jugada, arriesgada, dada en pura pérdida, según parece. Su gratuidad ¿es la del absurdo o la de la gracia? ¿La del sinsentido o la de un sentido transcendente?

Vuelvo a la Europa de nuestros días. En ella se ha dicho: “Dios ha muerto”. Pero decirlo no es deshacerse de él. Es cargar con un cadáver que contamina todas las fuentes. Es hacer de la muerte el propio dios. Y esto es tan insoportable que se acaba, sea destruyéndose a sí mismo, sea cediendo su sitio a los que blanden el “Nombre de Dios” para ejercer el terror. El alma de Europa, en los momentos de su mayor vitalidad, ha sabido mantener unidos la fe y la razón, la esperanza y la lucidez, la tradición y la aventura. Y he aquí que está dispuesta a abandonarse a la dislocación de un tecnologismo mortífero y de un fundamentalismo terrorista.

Pero de nada sirve condenar el culto a la eutanasia y el aborto. No sirve de nada mostrar el carácter suicida del ludismo y del utilitarismo de nuestro siglo, si no se despiertan primero las fuerzas del deseo, si no vuelve primero el gusto por el “juego serio” de vivir.

De hecho, sin esperanza alguna, ¿por qué no iba a ser el suicidio la solución? Es cierto, hay un pajarillo en nuestro corazón que aspira de nuevo a cantar. Pero somos hombres, y lo que existe espontáneamente en el mirlo o el cisne, hace falta toda la sabiduría de Sócrates, y más aún, la del Evangelio, para admitirlo con inteligencia y libertad.

Tal es nuestro combate, tal es el coraje que exige: no solo arriesgar la vida por la justicia y la verdad, sino arriesgarla mostrando que el mayor peligro es el de no arriesgar nada, el de no dar y acompañar la vida hasta el final, en la felicidad y en las pruebas, para lo mejor y para lo peor, según la fórmula nupcial.

Fabrice Hadjadj

Conferencia para la fundación Neos, dada el 29 de abril de 2024 en la Mutua Madrileña

¹ Respectivamente, Así habló Zaratustra, I, “Del leer y escribir” ; IV, “Del superhombre”, § 17 ; I, “De las mujeres viejas y jóvenes”.
² Citado y extensamente comentado en el bello ensayo de Jacques Dewitte, L’exception européenne. Ces mérites qui nous distinguent, Éditions Michalon, 2008.
³ Summa theologiæ, IIa-IIæ, q. 123, art. 5.
⁴ Xavier Zubiri, Naturaleza, historia, Dios, Madrid, 1999, p. 427.

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