Conferencia para Yios 

En la Universidad Francisco de Vitoria el 28 de febrero de 2026

 

1. Hablar positivamente de la virginidad hoy en día ya es, en sí mismo, una muestra de virginidad, es decir, de cierta ingenuidad. ¿Cómo presentar esta como una cualidad y no como un defecto? Estamos en tiempos de bodycount: el número de personas con las que uno se ha acostado se cuenta como el número de enemigos que el soldado ha abatido. Por supuesto, no es el triunfo del amor. Es más bien el trofeo de caza. Pero así son las cosas. El hecho de haber tenido muchas relaciones sexuales demuestra su poder de seducción, de conquista, de control, así como de experiencia en la materia. 

Esta perspectiva está muy extendida entre los jóvenes. Sin embargo, hay algo muy curioso que debemos comprender al respecto. Esa fanfarronería, que llega a mentir inventándose aventuras de Don Juan y falos de toro, proviene de la vergüenza. Sí, detrás de la verga ensalzada hay una vergüenza escondida, y esta es la vergüenza más avergonzada, ya que se disimula bajo la máscara del descaro.

Los jóvenes tienen miedo a parecer jóvenes (al igual que los mayores tienen miedo a parecer viejos). Por eso se presentan como viejos lobos de mares turbios, se apresuran a mostrarse avispados, lo que demuestra que todavía están atontados. 

2.San Agustín resalta esta confusión en sus Confesiones, al relatar los ardores y pudores de su año décimo sexto (II, III, 7): “… me avergonzaba entre mis coetáneos de ser menos desvergonzado que ellos cuando les oía jactarse de sus maldades y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran, agradando hacerlas no sólo por el deleite de las mismas, sino también por ser alabado. ¿Qué cosa hay más digna de vituperio que el vicio? Y, sin embargo, por no ser vituperado me hacía más vicioso, y cuando no había hecho nada que me igualase con los más perdidos, fingía haber hecho lo que no había hecho, para no parecer tanto más abyecto cuanto más inocente y tanto más vil cuanto más casto”.

Esta constatación nos conduce a pensar que el pudor es algo tan natural que se puede pervertir, pero nunca eliminar. Quien no es pudoroso se vuelve pudibundo. Por mucho que se desnude delante de todo el mundo, sigue intentando disimularse. Esto me lleva a hacer un inciso sobre el pudor (quizás, solo se pueda hablar del pudor de pasada y entre paréntesis, ya que el pudor exige reserva y ropa).

El pudor tiene que ver con la ocultación de ciertas cosas. Desde entonces, resulta muy fácil burlarse de esta virtud: parece contraria a la verdad. Dicen: “No eres sincero. Temo que salga a la luz tu vida. ¿No dijo Cristo que la lámpara no se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa e incluso en la cama?”

Quien hace esta crítica se equivoca. Olvida que nunca se puede ver todo al mismo tiempo, que una mirada siempre requiere destacar una forma sobre un fondo, o que, para prestar mucha atención a ciertas cosas, hay que dejar otras en un segundo plano. Por lo tanto, el pudor no es tanto un borrador como un resaltador. Su esencia no radica en la ocultación, sino en la manifestación. Se ocultan ciertas partes del cuerpo para resaltar otras, especialmente la cara y las manos, que son las más expresivas, las custodias del alma.

Suelo decir que el velo de las monjas es la minifalda del rostro. Por el contrario, el nudismo es la práctica más artificial y posmoderna, inventada por alemanes cansados de su mundo mecanizado, mientras que a los primitivos les gusta adornarse con plumas, pintarse el cuerpo y cargarse de collares. En este sentido, desnudarse con descaro es la mejor manera de no confesarse. El cuerpo se exhibe para que el alma se esconda. Tal exhibición suscita un deseo (o un disgusto) que permite escapar de la palabra, de las confidencias, de la declaración de su angustia, sus incertidumbres, su vulnerabilidad.     

3.En cualquier caso, quien presume de logros sexuales es en realidad una persona débil y mojigata, porque la sexualidad no consiste en exhibir logros y performances ante los demás, sino en aceptar ofrecerse a través del cuerpo en la intimidad, lejos de los focos. El escaparate alardoso es una huida cobarde.

Al revés, atreverse a responder: “Sí, soy un doncel” o “Por supuesto, todavía tengo la florecita”, requiere una gran fuerza de carácter. Por cierto, se puede expresar diciendo: “Soy entero…”, adjetivo que también califica al robusto y recto que domina sus emociones. También cabe recordar que el toro bravo debe ser limpio, o sea no semental, para asegurar así su máxima potencia física para la lidia. Es sorprendente: con sus quinientos kilos, sus cuernos amenazantes, su pezuña que rasca el suelo, listo para embestir, este emblema del macho en todo su esplendor es virgen.

De pronto, pese a la paradoja, descubrimos que existe cierta vinculación entre virginidad y virilidad. Tal vez algunos de vosotros recordéis el extraordinario anhelo de santa Teresa de Jesús en el Camino de la Perfección: “Yo querría que mis hermanas pareciesen varones fuertes; si ellas hacen lo debido, el Señor las hará tan varoniles que asombrarán a los hombres. ¡Y qué fácil es esto para Su Majestad, que nos creó de la nada!” Estas frases suenan particularmente extrañas en tiempos de pesadilla por cambiar de sexo. Obviamente, no se refieren a la cirugía plástica ni a las inyecciones hormonales. Es un tema de vida espiritual. En este caso, puede o debe existir entre hembras un hambre de hombría. La orden de la Madre: “¡Sed varoniles (o viriles)!” coincide con la orden: “¡Sed vírgenes!”

¿Se había enterado de la historia loca de Juana de Arco? Porque hubo una vez una chica de 17 años, apodada “la doncella de Orleans”, que fue el sumo caudillo de enormes guerreros peludos…

4.Los términos “virginidad” y “virilidad” se refieren a campos semánticos distintos, pero no es imposible que tengan la misma raíz. Santo Tomás afirma: “La palabra virginitas parece derivarse de virore, ‘verdor’. Y así como se dice que lo que está verde conserva su verdor mientras no experimenta el ardor producido por el excesivo calor, también la virginidad implica que la persona que la practica esté inmune del ardor de la concupiscencia, que parece darse en la consumación del sumo deleite corporal, que es el venéreo”.

Este pasaje invita directamente a hacer dos comentarios. El primero es que el verde del que habla Tomás no nos remite tanto al color como al vigor. Se trata del verdor de la lozanía y la frescura, de la energía de una planta viva y vivaz. Sin duda, este vigor sin mancha posee un poder atractivo, un encanto, un carisma más suave y firme que todos los viejos trucos de una seductora.

La virginidad se vincula a la fuerza vegetal. Pero —volveré sobre este punto más adelante— esta fuerza corresponde a una fertilidad retenida —la fertilidad del arriate no la del vergel. Es el vigor que hace crecer el tallo y despertar las flores, pero no el que da frutos. Por eso, los Padres de la Iglesia relacionan la virginidad con la hermosura: la flor no se come, se mira y se admira.

5.Segundo comentario: el verdor se presenta aquí como un fuego que no se debilita por un exceso de ardor. Es la figura de la zarza ardiente. Arde, pero no se consume. Su iluminación no se basa en una combustión. Esta moderación, o discreción, o modestia de dicho arder sin quemar, también puede relacionarse con la fuerza.

Pienso en la bella palabra que se encuentra en un libro póstumo de Albert Camus y que le viene de su propio padre: “Un hombre se impide”. Alude a la capacidad de autolimitarse, de dominar las emociones, de no dejarse llevar por los caprichos del momento. El hombre que no puede resistirse al atractivo de una falda con abertura y consigue poseer lo que hay debajo, quizá se crea un príncipe de los mujeriegos, pero no es más que un perrito en celo.

La fuerza es, ante todo, paciencia, resistencia, aguante. El castillo de la castidad tiene aguante a los asaltos tanto interiores como exteriores. Templa el fuego sin apagarlo. Una vez más, las nociones de temple y aguante nos llevan a la tauromaquia. Sería muy fácil matar sin rodeos al toro o dejar que cornee y pisotee todo. Sin embargo, la fuerza humana se opone a la fuerza brutal no como otra fuerza del mismo orden —solamente más fuerte—, sino como fuerza de la inteligencia, la elegancia, el temple y el aguante frente al torrente devastador. Así, el toreo es un asunto de muñeca: la muñeca que mueve la muleta y desvía el tren desbocado que se precipita hacia ti. La muleta se asemeja a un velo, como el velo religioso, que desvía o más bien vuelve a encarrilar el deseo desordenado. No soy yo quien inventa la relación entre virginidad y corrida (sin doble sentido). Por tradición, los toreros rezan a la Virgen de la Asunción. 

6.Quise empezar con el elogio de la virginidad, resaltando la fortaleza de su flor y rompiendo moldes. En la actualidad, nos topamos con tantos prejuicios al respecto que era preciso plantear de nuevo el tema y restaurar el ambiente de antaño, la atmósfera en la que respiraba la cristiandad. Pero no nos detendremos aquí. Planteado esto, debemos pasar a objeciones serias, objeciones contra la virginidad como estado permanente o contra una virginidad que no fuera la del simple verdor, es decir del tiempo provisional, que precede la madurez, la edad adulta, la hora de dar frutos.

En la madurez, la virginidad aparece como algo anormal y antinatural. La flor es para el fruto. De todos modos, se marchitará. Mejor que, mientras tanto, sea fecundada por el abejorro. La diferencia sexual existe para la procreación, es decir, para abrir la puerta a la diferencia generacional y hacer posible el porvenir. El mayor logro de la vida es el don de la vida. La virginidad, como una flor que dura para siempre, acaba pareciéndose a las flores artificiales: su pureza es de plástico.

Además, no solo se opone a la naturaleza, sino también al primer mandamiento de Dios: Sed fecundos y multiplicaos… Al transgredir una ley tan fundamental, la virginidad se convierte en una violación. Cabe señalar que la Santísima Virgen no la transgredió. La obedeció absolutamente. Ella es, ante todo, madre y madre de Dios.

En el Antiguo Testamento, el gran drama para los israelitas era que una mujer se quedara sin hijos. Este rechazo de la esterilidad y afirmación del matrimonio también iba en contra del culto a los ídolos. Para su culto, los ídolos reclamaban tanto prostitutas sagradas como sagradas vírgenes, es decir, vestales. Halagaban las pasiones de la naturaleza herida para agravar, envenenar la herida, mientras que Dios, a través de su pueblo elegido, se comprometía a curarla.

7.Por fin y por contraste, el elogio de la virginidad, a pesar de su benevolencia, se señala como una acusación, no como una misericordia. En mi caso, sigo siendo virgen —del último decanato, ya que nací un 15 de septiembre. Mas, en otro sentido, hace mucho tiempo que ya no lo soy. Y es posible que tampoco muchos de vosotros.

Tal vez estos queráis serlo hoy (o mañana). Pero es demasiado tarde. Pues, de forma legítima, se levanta la protesta: ¿En qué me importa la virginidad? Abrir sus horizontes aurorales es mostrarme una puerta tapiada. Ya he perdido mi virginidad, no hace falta insistir en una pérdida irrecuperable.

Hay algo más grave. La virginidad se ensalza como una maravilla espiritual, y, al mismo tiempo, nos enfoca en el pasado de un acto carnal, concretamente en el caso de las chicas, en un pequeño órgano muy material. En definitiva, no se trata de virgen, sino de virgo, de repliegue membranoso, con una palabra griega, puesto que “membrana” se dice en griego himen. Hasta hace poco, para entrar en la orden de las vírgenes consagradas, había que tener este himen, o ser virgen de cuerpo.

Pero ¿cómo se podía verificar? Pienso en las matronas musulmanas, pero también en las que se desempeñaban en el mundo cristiano, antes de los matrimonios. Se aseguraban de que la prometida fuese virgen mediante un gesto ignominioso. Al mismo tiempo, proponían recetas para maquillar el quebranto y evitar la deshonra. Este es un tema central en Crónica de una muerte anunciada. Con respecto a Ángela Vicario, García Marquez escribe: “… sus amigas la habían adiestrado para que emborrachara al esposo en la cama hasta que perdiera el sentido, que aparentara más vergüenza de la que sintiera para que él apagara la luz, que se hiciera un lavado drástico de aguas de alumbre para fingir la virginidad, y que manchara la sábana con mercurio cromo para que pudiera exhibirla al día siguiente en su patio de recién casada”.

Por otra parte, el hecho de haber sabido mantener intacta la propia membrana, mientras que los demás se descarriaban, puede convertirse en motivo de orgullo, o peor aún, de soberbia diabólica, ya que los demonios, al ser espíritus puros, no conocen la lujuria y desprecian a los hombres que se arrastran por el barro.

8.Así la obsesión por la virginidad física conduce a la negación de la virginidad espiritual. Siempre ocurre lo mismo: al querer comprobar en exceso la pureza del agua, acabamos contaminándola. O bien nos olvidamos de lo esencial: beber.

Por esta razón, y por la consiguiente necesidad de volver a entender el hondo sentido de una virginidad más de gracia que de naturaleza, en 2018, una instrucción pontificia declaró que la integridad física ya no era una condición imprescindible para ingresar en la orden de las vírgenes consagradas. Debo citar el párrafo que suscitó cierta oposición, porque parecía malvender la consagración y abandonar una costumbre muy antigua: “[La vocación] encuentra su origen y centro dinámico en la gracia de Dios que, con la ternura y la fuerza de su amor misericordioso, actúa incesantemente en los acontecimientos humanos, no pocas veces complejos y a veces contradictorios, para ayudar a la persona a captar la singularidad y la unidad de su existencia y permitirle hacer una entrega total de sí. En este contexto se tendrá presente que la llamada a dar testimonio del amor virginal, esponsal y fecundo de la Iglesia a Cristo, no se reduce al signo de la integridad física, y que haber guardado el cuerpo en perfecta continencia o haber vivido ejemplarmente la virtud de la castidad, aunque es de gran importancia en orden al discernimiento, no constituye requisito determinante en ausencia del cual sea imposible admitir a la consagración” (Ecclesiæ sponsæ imago, n. 88).

La integridad física ya no es una condición absoluta, pero sigue siendo un elemento importante a la hora de discernir la vocación. Hemos de admitir que, si una mujer ha sido preservada de alguna manera, es por designio de la Providencia, y, por tanto, debemos reconocerle una vocación privilegiada. En realidad, la intención del texto no es facilitar condiciones de admisión, sino poner de relieve la misión de una virginidad que asume y atraviesa la dimensión dramática de la vida. En esto me gustaría insistir ahora. Aunque el himen esté, o más bien porque está, se profundiza la herida de amor. Se preserva el sexo para que el alma sea traspasada. Como le dice Simeón a la Virgen María: Y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.

9.Santo Tomás distingue entre lo material y lo formal de la virginidad, luego entre lo formal y el fin, subrayando que lo formal es más esencial que lo material, y el fin, o la finalidad, es lo que justifica todo lo demás, lo que le hace bueno. Lo material de la virginidad es la “integridad de la carne”, pero solo tiene valor en cuanto se refiere a lo formal, que es “la voluntad de abstenerse siempre del placer venéreo”. Sin embargo, “esa voluntad se hace loable por el fin, puesto que se hace para dedicarse a las cosas divinas”. Al igual que el sentido del roble no es mantener su madera intacta ni tener una savia que circula bien, sino manifestar su vida de roble al desplegar sus raíces y copa, engendrar otros robles y sombras agradables, ofrecer ramas por aves y bellotas por cerdos, el sentido de la virginidad es dedicarse a las cosas divinas, es decir no solo a la oración, sino también a las obras de misericordia, todo lo que se deriva del amor al prójimo.

Así que no se preserva del amor, sino que se expone mejor a él. La cama de la virgen es más ancha y honda que la de la prostituta. Desea acoger a todas las almas para ofrecerlas con ella al Eterno. Como lo sugiere san Pablo, la vivienda del matrimonio queda más estrecha por la tribulación de la carne y las preocupaciones del mundo: El no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido… Contentar a la mujer y enfadarla, y recíprocamente, cuidar de los niños y no soportarlos más… todo esto reduce la disponibilidad.

Además, si, en relación con los asuntos del Señor, la virginidad se perfila como más excelente que el matrimonio, hay algo más excelente que ella. Santo Tomás observa: “Los mártires, que sacrifican su propia vida para unirse más a Dios, y los que viven en monasterios, que sacrifican su propia voluntad y todo cuanto pueden poseer para unirse más fielmente a Dios, son más meritorios que las vírgenes, que sacrifican por las cosas divinas los placeres venéreos”. El monje hace voto de pobreza y obediencia. El mártir entrega toda su vida. Ahí reside la santidad extrema, el virgen lo sabe, y por eso, al sellar su sexo, queda dispuesto a ofrecer su garganta como el cordero del sacrificio. 

10.Antes de pasar a responder a vuestras preguntas, me permitiría añadir dos cosas más: la primera acerca de la virginidad como custodia del misterio de la persona, la segunda en torno a la articulación entre vida virginal y vida conyugal.

Los especialistas en teología moral suelen asociar la virginidad a la castidad y esta, a su vez, a la templanza. Se trata de ordenar el apetito sexual. Pero, como este apetito es especialmente rebelde, y requiere el puño de un domador, la templanza no es suficiente, también se necesita la fuerza. Mas es menester ir un poco más lejos, porque la sexualidad no es principalmente una cuestión de apetito sino más bien de relación con el otro sexo. Ahora bien, la relación con el otro como tal no se ordena por las virtudes de templanza y fuerza, sino por la de justicia. Su propósito es dar a cada uno lo que le es debido. En este sentido, la castidad, como virtud asociada a la justicia y no solo a la templanza, consiste en brindar un espacio al otro sexo como otro, es decir, que un hombre respete a la mujer como mujer, la cuide, sea el guardián de su libertad y su feminidad y proteja su enigma. 

Desde esta perspectiva, ¿qué pasa con la virgen? Se nos presenta como una mujer hermética, inconquistable, impenetrable, una mujer ante la cual el poder y el saber del hombre no tienen dominio. Así nos muestra algo que está más allá del poder y del saber, manifiesta alguien en su insondable misterio, en la ilusión de su rostro. Así exige el reconocimiento de una alteridad inexpugnable e inmanejable, de lo que está en este mundo sin ser de este mundo.  

Conocéis aquellos nombres de la amada en el Cantar de los cantares: jardín cerrado y fuente sellada. También conocéis esos otros nombres en las letanías de la Virgen: “torre de marfil” y “puerta del cielo”. La virgen enseña un cuerpo santuario, reservado solo para Dios. Sin embargo, su clausura no es un simple cierre, sino que apunta a lo que está más allá y entreabre las puertas de arriba.

11.De ahí se pueden “acoplar” los vírgenes y los casados, o sea la castidad virginal y la castidad conyugal. En nuestra época, la casa es muy endeble. Por su contexto legal, social y moral, el núcleo fundamental de la sociedad ya no es el matrimonio, sino el divorcio. Incluso el matrimonio actual se basa en el divorcio. Se concibe como un contrato que puede rescindirse en cualquier momento, y se vive, no como la tracería de dos familias y genealogías, sino como un acuerdo provisional entre dos individuos con sentimientos fluctuantes. Asimismo, como cada miembro de la familia está pegado a su propia pequeña pantalla, ya no hay hogar, sino un conjunto de personas separadas, divididas, divorciadas de los demás y de sí mismas y provisionalmente yuxtapuestas bajo el mismo techo.

Esta fragmentación de la comunidad en individuos y, posteriormente, de los propios individuos, no es casual. Proviene de la pérdida de toda esperanza en el mundo. Hasta tal punto de que el acto sexual ya no busca dar vida ni siquiera disfrutar de ella, sino escabullir del miedo a la muerte total.

La idea de una reorientación sexual proviene de esta desorientación existencial. ¿Por qué aceptar su condición carnal si está marcada para la nada? ¿Por qué dar vida a un mortal en un mundo que también está muriendo? ¿Y para qué, si ya no se trata de continuar un pasado sagrado ni de alcanzar un futuro mejor? Solo queda el momento, que nunca es el momento propicio, sino el momento de pasarlo bien, no por el bien, sino solo para pasarlo.

12.En tal contexto, la virgen consagrada se transforma en una celestina celestial. Ella ha visto una luz al otro lado del río. Ella tiene suficiente aceite en su lámpara para cruzar la noche. Ella es testigo de la esperanza. Renunció a la maternidad terrenal para afirmar la existencia de una fecundidad sobrenatural y para manifestar que no todo está perdido, que no todo termina con la extinción, que los hijos no están hechos solo para alimentar a los gusanos y el polvo.

Así es como estas vírgenes sabias dicen a los casados: “¡Id, no temáis! ¡Coged y recogeos a fondo! ¡Tened muchos hijos! No es en vano. Vale la pena. No es solo por este bajo mundo, sino más bien para el reino de Dios”.

Por supuesto, algunos ecologistas no pueden sino sentirse asustados por la palabra de esta virgen que no obedece el primer mandamiento solo para ser su mejor portavoz: — ¡Se dan cuenta! Si todo el mundo tuviera numerosos hijos, la población crecería de forma exponencial y la bomba demográfica lo devastaría todo.

Sin embargo, la virgen ya tiene la respuesta: — No, la bomba no explotará. Porque entre esos numerosos niños habrá muchas, e incluso muchos vírgenes.

Fabrice Hadjadj

Imagen: «Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas»

Francisco de Goya y Lucientes

©Museo Nacional del Prado