Lluis García:
Fabrice, pongámonos en la piel del trabajador: ¿Qué condiciones hacen que un trabajo sea verdaderamente humano y digno? ¿Qué consejo daría a un joven que quiere aprender a “hacer” en vez de solo “funcionar”?
Antes de nada, y después de daros las gracias por la invitación, hay que explicar por qué, ahora mismo y aquí, yo no puedo funcionar, sino intentar hacer algo. Este papel en mi mano lo demuestra, soy francés, apenas estoy empezando a enseñar en español y, cuando improviso, hablo con la lentitud de alguien que se está recuperando de un derrame cerebral. Así que me resulta imposible funcionar en castellano. Tengo que trabajar mi español cada vez que debo hablar, porque aún no he adquirido ningún mecanismo retórico. Y ahí está nuestro tema: practicar un nuevo idioma, a pesar de todos los esfuerzos que exige, contiene todos los requisitos de un trabajo “humano y digno”, y, recíprocamente, un trabajo humano y digno puede equipararse a la adquisición de una nueva lengua, no solo porque esta me abre las puertas a un nuevo mundo y me conecta con otras personas dentro de una comunidad, sino también porque el ser humano es un animal de palabra, en suerte que todo trabajo humano debe nacer del verbo y volver al verbo.
Esta reflexión sobre las condiciones de mi palabra me lleva a hacer una observación sobre las condiciones de tu pregunta. Cabe destacarlo: las abejas, las hormigas nunca se plantean esa pregunta. No veremos a una hormiga detenerse en el palacio de Vistalegre para reflexionar sobre su actividad. Se conforma con transportar nuestras migajas, sin jactarse ni quejarse, aunque la migaja pese cincuenta veces más que ella. Entre los seres vivos, somos los únicos que cuestionamos el trabajo. Por lo tanto, no es la crisis laboral la que nos lleva a plantearnos una cuestión al respecto.
Es el trabajo mismo el que empieza con esta cuestión. El trabajador que le pregunta a su jefe: «¿Para qué?», no es un revolucionario, solo es un hombre. Toda colaboración ha de convertirse en conversación.
Es preciso señalar que la cuestión de la dignidad del trabajo no es la cuestión de su comodidad. Según el Evangelio, llevar su cruz puede ser un trabajo muy digno e incluso corresponder a la definición de la suprema dignidad: El que no toma su cruz, y viene en pos de mí, no es digno de mí.
Inversamente, el máximo confort puede encajar muy bien con el estado del cerdo cebado. Como dice un salmo: El hombre opulento no permanece, es semejante a las bestias que se matan.
La inhumanidad de un trabajo no se mide por el esfuerzo que requiere. En el deporte, nos esforzamos libremente, y esto forma parte del placer deportivo: una sala de fitness se parece bastante a una sala de tortura voluntaria, y se oyen gemidos que oscilan entre el dolor y el deleite. Sin embargo, en el trabajo, como señala Ortega y Gasset, no es el esfuerzo mismo, sino “la vitalidad de la obra quien da sentido y valor».
Aquí está el tema de nuestra sociedad: la ausencia de una obra visible, comunitaria, que vitaliza el trabajo, la reducción del oficio a lo que un sociólogo denomina bullshit jobs —empleos de mierda taurina. Trabajas en una empresa muy grande, donde la producción está muy fragmentada y mecanizada, o estás en el sector de la gestión, el control o el tráfico de vagos objetos financieros, sentado tras plantillas de Excel en la chula prisión de una oficina abierta, y entonces no sabes muy bien lo que haces. En verdad, no haces. No estás haciendo una obra, estás funcionando por un salario. Ni siquiera estás funcionando por tu progreso, sino por tu ingreso.
¿Cómo podrías sentir satisfacción por un trabajo bien hecho si no te maravilla la obra que sale de tus manos junto a las de tus hermanos, si no sabes lo que haces y solo lo haces por un sueldo? Para compensar este vacío, la empresa te habla de cultura empresarial y team building, lo que equivale a querer perfumar la mierda del toro, en vez de torear el toro mismo.
Pues, como te sientes tentado a sabotear aquel trabajo que te trae abajo, se siguen multiplicando los puestos de supervisión y monitoreo (no toreo). La auditoría sustituye a la escucha. Los empleos de mierda taurina generan más empleos de mierda taurina. Siempre es así: quien no quiso coger el toro por los cuernos solo puede recoger su mierda.
Último comentario: la primera figura faraónica de la Biblia es el suegro de Jacob, Labán, para quien su yerno trabaja como un esclavo. Pero un día, Jacob no le habla de liberación ni de esparcimiento, simplemente le dice (Genesis 30, 30): Ahora bien, ¿cuándo voy a hacer yo también algo por mi propia casa? Esa es la cuestión. Nos lleva de la oficina a casa. No se trata solo de hacer, sino de hacer por su propia casa, de recoger cosas, buenas obras y pagas decentes, no para consumir sino para comulgar en una intimidad lo suficientemente fuerte como por ser también acogedora. El trabajador es como el caballero. Su pelea no tiene sentido si no defiende a una doncella, a una madre, a un niño o a un pobre como a un rey.
17 de enero de 2026, Palacio de Vistalegre
El Despertar
Coloquio Juan Manuel de Prada, Antonini de Jiménez y Fabrice Hadjadj


