Inteligencia artificial e inteligencia eclesial

(L’Osservatore Romano, edición del martes 4 de agosto de 2026)

Fabrice Hadjadj

1.La encíclica Magnifica humanitas no es tanto, como se ha querido decir, un texto sobre la inteligencia artificial, sino una carta sobre la inteligencia humana y «más que humana» (n.126), es decir, sobre la inteligencia eclesial. Tanto en su contenido como en su forma, nos remite a la inteligencia del Verbo hecho carne, con el sentido de lo concreto y de lo acontecimiento que ello implica (n.º 232).

Dos circunstancias que se han producido tras su publicación me parecen significativas a este respecto: el viaje del Santo Padre a España, donde resido actualmente con mi familia, y las excomuniones de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, a la que pertenecen algunos miembros de mi familia política. Preciso estas circunstancias íntimas porque de eso se trata precisamente: quien escribe aquí es una persona, no una máquina; su cuerpo lo sitúa en un espacio y en un tiempo singulares; su espíritu lo compromete a una responsabilidad allí donde el insondable designio del Creador lo ha colocado.

Partiendo, pues, de dos hechos que me afectan de cerca, quisiera, a mi manera, poner de relieve lo que me parece esencial en la primera encíclica de León XIV, y que forma parte de esa inteligencia que he recibido yo en la Iglesia —inteligencia inseparablemente conceptual y narrativa, dogmática y dramática.

El cuerpo del Sumo Pontífice

2.¿Por qué viaja el Papa? ¿Por qué, en la era de las redes sociales, siente la necesidad, no de comunicar a distancia, sino de comulgar en la cercanía?

Pablo VI fue el primer papa en viajar así por todo el mundo. Ahora bien, cabe señalar que estos viajes coinciden con la llegada de la televisión a los hogares. Justo en el momento en que la presencia física podría parecer superflua, el Sumo Pontífice juzga necesario acudir en persona al encuentro de los pueblos. Y mostrarse así, de una forma a la vez antigua y nueva, ordinaria y consagrada, como el verdadero vicario de Cristo.

Dios, en efecto, podría haber tenido comunicación a distancia mediante grandes signos inscritos en el cielo o a través de un pinganillo implantado de forma natural detrás de nuestra oreja derecha. Prefirió recurrir a las Escrituras, que se fueron constituyendo progresivamente a lo largo de las vicisitudes de un pueblo apartado; luego envió a su Hijo, que se hizo judío para convertirse en uno de nosotros. Así quiso que la Revelación se transmitiera de persona en persona, o de prójimo en prójimo, y que el sacerdocio se instituyera gracias a la imposición de manos, de modo que el sacerdote más humilde de la parroquia más recóndita se encuentre al final de una cadena ininterrumpida de contactos carnales, que lo une a los apóstoles y a Jesús de Nazaret.

3.La comunicación más elevada, la de la gracia sacramental, no requiere la pesada maquinaria de las telecomunicaciones, sino la simple aproximación física entre las personas (no se puede administrar un sacramento por Internet). Y el amor al prójimo nunca se manifiesta mejor que haciéndose próximo al otro.

La voluntad divina de actuar a través de hombres vivito y coleando, e incluso de pecadores, supone para su Iglesia a la vez la mayor misericordia y el mayor riesgo. El Padre ha querido tener hijos, no simples ejecutores. Ha instituido ministros responsables, no esclavos resignados. Al sacarnos de Egipto, nos permite ser testigos libres de su gracia, pero también admite este peligro: que utilicemos esa libertad para convertirnos en nuevos faraones. Así es como nosotros, los cristianos (yo el primero), podemos instrumentalizar la Palabra de Dios en beneficio de nuestros ídolos y desfigurar el rostro de nuestra Madre la Iglesia.

Esta dimensión filial y carnal, con su posibilidad de extravío, se opone claramente al funcionamiento de la IA, con su proyecto de control, del mismo modo que la Providencia se opone al determinismo de un programa. Con la IA, «no es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (n. 99).

Si el Papa sale del Vaticano y viene en carne y hueso al encuentro de un pueblo concreto en su propio país, es para continuar la misión visible del Verbo. Éste no ha dado ninguna receta, no se ha limitado a transmitir un mensaje ni a desvelar un código: Acampó entre nosotros (Jn 1, 14), se entregó personalmente, hasta el punto de no abrir la boca, como cordero que se lleva al matadero (Is 53, 7)

¿Existen «cosas nuevas»?

4.La condición de hijo, como ya he mencionado, no se reduce a la de esclavo ni siquiera a la de niño. Supone una responsabilidad personal ante situaciones sin precedentes: la trama de una generación que ya no es exactamente la del padre. Los preceptos recibidos de este, aunque permanezcan fundados para siempre (Sal 118, 152), reclaman una interpretación renovada. Aquí se juega la cuestión fundamental de la relación del Evangelio con la historia.

Magnifica humanitas se publicó con motivo del 135º aniversario de Rerum novarum, ya León XIV se vincula ya, por su propio nombre, a León XIII. La pregunta es, por tanto, la siguiente: ¿hay realmente res novæ —cosas nuevas? ¿Tiene la historia verdadera consistencia, con acontecimientos que la dividen en un antes y un después? El Eclesiastés gime: No hay nada nuevo bajo el sol, pero el Cantar de los Cantares nunca deja de entonar la inagotable novedad del amor. Y cuando la luz que viene de más allá del sol entra en el mundo, puede decir: Hago nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

Los transhumanistas afirman que el gran acontecimiento —the singularity— es la aparición de la inteligencia artificial. No advierten la contradicción que ello encierra: la IA desconoce el acontecimiento, es decir, lo incalculable (salvo cuando se avería). Se enmarca en una optimización resultante de datos previamente digitalizados; en otras palabras, de un dado que siempre está ya manipulado como data, y nunca reconocido como donum (la misma capacidad de calcular procede de un acontecimiento de donación del que el cálculo jamás podrá hacerse consciente).

Para el cristiano, el gran acontecimiento es el del Verbo encarnado, que murió bajo Poncio Pilato, resucitó al tercer día, fue anunciado por los profetas, pero despreciado por quienes mejor conocían las profecías (los cuales, paradójicamente, cumplieron así lo que las mismas profecías anunciaban —cf. Hch 13, 27). Ese acontecimiento originario no supone la abolición de los demás acontecimientos para sustituirlos un algoritmo; los llevan a su cumplimiento en favor de una aventura: «Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos» (n.º 120).

5.Es aquí donde se manifiesta la inteligencia eclesial. León XIV nos facilita la clave. Antes de señalar que la Doctrina Social de la Iglesia «no es un conjunto de principios y normas que deban aplicarse, sino un camino de discernimiento comunitario» (n. 24), afirma: «En cada época, de hecho, las res novaeinstan a esta enseñanza a medirse con las preguntas de la historia a la luz de la Verdad revelada. Por eso, también la IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio» (n. 17).

Las «cosas nuevas» que advienen en su derredor, la Iglesia las acoge como un desafío «desde dentro». De ahí la insuficiencia de las imágenes naturales para describir el desarrollo de la doctrina (el propio término «desarrollo» puede parecer, en este sentido, imperfecto). Basadas en una analogía vegetal u orgánica, dejan demasiado poco espacio a lo imprevisible, a lo inesperado, al carácter ineludible del «encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia» (n. 27). Desde esa perspectiva (el de un crecimiento totalmente inmanente), todo lo que surge fuera de la Iglesia no es más que una amenaza o una mera condición material, sin aportar formalmente nada a la puesta en luz de la doctrina. No obstante, san Pablo recalca: Preciso es que haya entre vosotros aun herejías, para que los que son probados se manifiesten entre vosotros (1 Co 11, 19). Y san Agustín escribe, a propósito de la Ciudad de Dios: «Entre sus propios enemigos se esconden futuros conciudadanos».

No basta con decir que la herejía o la hostilidad son elementos de contraste, y que la Iglesia se habría desarrollado mejor sin esa confrontación. Las «cuestiones de la historia» son verdaderas cuestiones; sin ellas, no habríamos sabido formular la respuesta en toda su originalidad. El Concilio de Nicea ofrece un buen ejemplo: en él se enuncia claramente la divinidad de Cristo, para nuestro mayor gozo. Ahora bien, esa claridad en la enunciación del dogma, ese advenimiento incomparable de tener que decir a partir de entonces no solo «Dios Padre» o «Dios Espíritu» —lo cual se entiende bastante bien—, sino «Dios Hijo» —lo cual parece bastante insensato—), con toda la juventud divina que tal desarrollo prodiga, ese advenimiento, digo, no habría podido tener lugar sin el fenómeno del arrianismo, a la vez nada deseable en sí mismo y necesario a posteriori.

¿Cómo comprender aquel misterio? Y, si esto es así respecto de las herejías, ¿cómo no habría de serlo, con mayor razón aún, en el caso de acontecimientos ambiguos como el capitalismo industrial en la época de León XIII o la inteligencia artificial en la de León XIV?

Contra el algoritmo tradicionalista

6.Y es que Cristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia, es también el Señor de la historia. Por lo tanto, no puede respaldar que la doctrina se hubiera desarrollado mejor sin las influencias, e incluso sin las agresiones, de las verdaderas o falsas novedades históricas. Tal es, sin embargo, el error de los tradicionalistas, simétrico al de los progresistas.

Los progresistas siguen las modas e ignoran la jerarquía de los acontecimientos, es decir, la primacía del Acontecimiento del Verbo encarnado como garantía y medida de todos los acontecimientos de la historia: reivindican una actualización disruptiva, sin relación alguna con un desarrollo a partir de la Revelación. Los tradicionalistas, al revés, se tensan a la defensiva y, aunque reconocen la prioridad absoluta del depósito de la fe, rechazan su modalidad propiamente encarnada, aventurera y, por consiguiente, abierta a los imprevistos de la historia: reivindican una organicidad ajena al acontecimiento.

En un breve ensayo sobre El concepto de tradición, Josef Pieper mostró hasta qué punto la tradición se distingue del conservadurismo. Mientras que este es una rigidez y una congelación del pasado simple, aquella es fidelidad a un acontecimiento que se sitúa en el pasado, pero que nos pone en contacto con el Eterno y, por tanto, sabe acoger las iniciativas de ese Eterno en el porvenir. La tradición es, en este sentido, menos patrimonial que profética. Por eso los paganos, que entendían lo tradicional como una preservación de lo arcaico, veían a los primeros cristianos como revolucionarios que derrocaban el orden establecido (cuando en realidad buscaban transfigurarlo). Estimaban contrarios a la tradición a quienes le eran más fieles: hombres que saben que el trigo bueno crece junto con la cizaña, que quien hizo su promesa en el pasado no deja de obrar desde el mundo venidero, que el dueño de la casa saca de su tesoro lo nuevo junto con lo antiguo, y que puede, como en Caná, hacer que se disfruta del mejor vino al final.

7.El progresismo presenta analogías estructurales con la inteligencia artificial: busca proveer la solución más válida en función de los datos del momento, con vistas a un rendimiento mundano. Mas el tradicionalismo también tiene sus propias complicidades con la IA, quizá no tanto desde el enfoque bottom-up, cuanto desde el top-down: se trata, ante los problemas actuales, de deducir a partir de los principios previamente establecidos, según la modalidad de un logos más lógico que encarnado.

El tradicionalista habla de la «misa de siempre» (como si Jesús hubiera utilizado el misal de 1962), de la «fe de siempre» (como si el Syllabus se leyera en el Nuevo Testamento más que Dignitatis humanæ). Pretende que «Magnifica humanitas está desconectada (sic) de Rerum novarum, y ya no tiene en absoluto los mismos fundamentos ni referencias». Pero pasa por alto la diferencia entre lo eterno y lo sempiterno. Olvida que la fórmula doxológica no termina con un semper exclusivo y aislado, sino con sicut erat in principio et nunc et semper, situando el hic et nunc, el aquí y ahora, en el centro, como un puente entre el principio y lo permanente.

Lejos tanto del progresismo como del tradicionalismo, León XIV critica la inteligencia artificial desde la inteligencia eclesial. Deja entrever la vitalidad de esta última en una frase admirable, que llama a cada uno a ejercer su propio discernimiento en la comunidad de la Iglesia, escuchando la Palabra y la Tradición y comprometiéndose en la medida en que tanto más está en su tiempo, cuanto menos es de su tiempo: «Entendida así, la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía» (n.27).